A pesar de las buenas sensaciones de los entrenamientos previos a la prueba (un total de 3 días de carrera, 50 minutos de media; había que reservarse) la carrera resultó ser para mí toda una odisea.
A las 8:00 de la mañana estábamos ya en marcha para Torrejoncillo, sólo Manuel Fernández y yo. Roberto decidió no asistir a última hora, por falta de preparación y un leve proceso gripal. Sabia decisión, vista a posteriori. a las 8:45 llegamos a Torrejoncillo sin problemas. Recogimos nuestro dorsal y nuestra bolsa del corredor (muy completa, por cierto), nos cambiamos e hicimos un poco de tiempo hasta la salida, reconociendo a algunos ilustres del trail de por aquí como Pedro José Hernández o Miguel Madruga.
A los 10 minutos Manu comenzó a poner un puntito más, y aunque iba bien, decidí seguir a mi ritmo porque la distancia realmente me imponía mucho. Le ví alejarse poco a poco por las fincas por las que pasamos y ya no le volví a ver, hasta mucho después, en Pedroso de Acím.
Una vez más me quedé en tierra de nadie, y pasada la crisis de los 10 minutos, y me motivé muchísimo al ver que llevaba 45 minutos corriendo, no había ido nada bien y la organización marcaba que ya llevaba 10 kilómetros. Con este pequeño subidón llegué a Portezuelo. La subida al Castillo no me la esperaba así, por una vereda empinadísima, por la que costaba incluso andar. Pero el incidente que me fastidió la carrera fue la bajada del castillo; dos veces me resbalé sin consecuencias, pero a la tercera hice un escorzo extraño y me dio un tirón en el femoral de la pierna derecha. Malditas Kanadia. Anduve durante dos minutos, estiré ambas piernas y comencé a trotar despacio. No sabía muy bien que hacer, ya que no suelo tener problemas musculares.
Seguí asi unos minutos. El cartel del kilómetro 15 no llegaba nunca, el terreno estaba empezando a picar hacia arriba cada vez más y el femoral de la pierna izquierda empezaba a avisarme también. Anduve y corrí a ratos por un terreno rompepiernas, pasé el kilómetro 15 y encaré la parte más dura de la prueba. Subimos tres subidas espantosas, dos de ellas cortafuegos con tierra removida y piedras sueltas, en las que malamente podía andar deprisa. Las subidas eran de tal desnivel que con el calor, mi falta de preparación y los problemas musculares me costaba hasta subirlas andando. Empezó a pasarme bastante gente, aunque eso ya me daba un poco igual.Tras coronar el Silleta y avituallarme allí, me comentaron los voluntarios que ya lo que quedaba era todo bajada. Me quedaban 5 kilómetros de bajada, que se me da más o menos bien, y me puse como objetivo acabar con cierta dignidad al menos. Pero ni por esas.
Manu estaba allí, fresco y lozano. Llevaba aproximadamente mil años esperando (hizo 2:10, más o menos), lo que le confirma como un futuro malote del trail.
Dos días he estado casi sin poderme mover, pero a pesar de todo creo que valió la pena. Lo único que me fastidia es haber tenido los problemas musculares (debería haber hecho más pesas de piernas) y algo de falta de fondo físico. Si no es por esto estoy seguro de poder hacerlo en 2:30 sin mucho problema.
No hay comentarios:
Publicar un comentario